El renacimiento del Malbec: Notas de cata en el Valle de Uco
Publicado por el equipo editorial estradr · 6 minutos de lectura

A más de mil metros sobre el nivel del mar, en los departamentos de Tupungato, Tunuyán y San Carlos, se libra la revolución más lúcida del vino argentino.
1. Más allá de la madera: La búsqueda de la pureza
Durante décadas, el vino de guarda argentino estuvo asociado a una extracción potente y un uso marcado del roble tostado. Hoy, una generación de jóvenes enólogos e ingenieros agrónomos mira el suelo antes que la bodega. El protagonismo se ha desplazado hacia las piedras cubiertas de carbonato de calcio, la fermentación en huevos de hormigón y el respeto irreductible por la acidez natural que provee la gran amplitud térmica de la montaña.
2. El mapa de parajes: Gualtallary y Paraje Altamira
Hablar hoy de «Mendoza» es demasiado general. Las etiquetas más celebradas llevan con orgullo micro-denominaciones: Gualtallary, con sus notas de tiza y hierbas silvestres; o Paraje Altamira, donde la textura en boca despliega taninos filosos pero amables. Caminar por estos viñedos permite comprender que el vino es, ante todo, geología líquida filtrada por el agua de deshielo.
3. Hospitalidad y arquitectura sensorial
El viaje no concluye en la copa. Las bodegas del valle han convocado a arquitectos de renombre para construir templos de hormigón visto que dialogan de tú a tú con la cordillera. Almorzar con vista a las nieves eternas, con un menú basado en vegetales de huerta orgánica y carnes a las brasas, es un ejercicio de contemplación imprescindible.
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